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7 de julio de 20263 min de lectura

Los precios cambian de hora en el súper, o el peligro de no saber cuánto pagas

La cesta de la compra se enfrenta a un nuevo reto: los precios dinámicos, un sistema que podría hacer que un mismo producto no cueste igual para todos los clientes o en cada momento del día. Una amenaza real para el bolsillo y la transparencia.

Uno se acostumbra a que los vuelos o las habitaciones de hotel suban y bajen de precio como la espuma, casi en tiempo real, según la demanda o el momento de la reserva. Es la lógica del precio dinámico, esa herramienta que las aerolíneas y los hoteles dominan desde hace años. Ahora, esa misma sombra se cierne sobre algo tan básico como el carrito de la compra. Imaginen ir al súper y que la leche que compró ayer su vecino, o la que iba a comprar usted esta tarde, valga un céntimo más, o menos, justo en el momento de pasar por caja. Esa es la amenaza de los precios dinámicos en la alimentación, una práctica que, de generalizarse, podría cambiar para siempre nuestra forma de comprar.

La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ya ha puesto la voz de alarma. Hablan de un sistema que ajusta el coste de cada producto según la demanda, la hora, o incluso el perfil del comprador. Es decir, que el mismo yogur no valga lo mismo para dos personas distintas, o que su precio fluctúe en una misma mañana. Si esto cuaja, dice la OCU, el precio dejará de ser una referencia común, se volverá un dato opaco, casi negociado de forma invisible. La opacidad, ya de por sí un problema en un sector que lleva años de subidas, sería total.

Y no es que los precios ahora sean un camino de rosas, para nada. La cesta de la compra sigue en la estratosfera, costando hoy un 35,5% más que hace tres años según la OCU. Es un ejercicio mental constante para miles de familias, que ya recurren a comparar precios entre cadenas, a buscar ofertas, a estirar la marca blanca. Es precisamente en este contexto de esfuerzo por ahorrar, donde herramientas como Comparaloo nos permiten hacer esa labor de rastreo, donde una práctica así añadiría una capa más de complejidad, un nuevo nivel de estrés. Porque si ya es complicado recordar el precio de una lista larga de productos en diferentes supermercados, imagínense intentar seguir el ritmo de precios que cambian con la brisa.

Lo que inquieta de verdad es cómo esto afectaría a los productos básicos. En mercados donde la competencia real es limitada, como puede ocurrir con ciertos alimentos esenciales o en momentos de escasez puntual, el riesgo de un abuso con los precios dinámicos se dispara. La leche, el pan, los huevos, esos imprescindibles que no se pueden dejar de comprar, podrían convertirse en objetos de subasta invisible.

Mientras los salarios se arrastran, el coste de vida, y en especial el de la alimentación, no para de escalar. Hablamos de una cesta de la compra que ya representa un pellizco importante del presupuesto familiar, con un coste anual medio de 6.259 euros. No es un capricho. La gente necesita comer. Que a esa ecuación se le sume la posibilidad de que los precios bailen al son de algoritmos y tendencias de compra, es una afrenta más a la maltrecha economía doméstica. Quizás algunos lo vean como innovación, como una eficiencia de mercado. Otros, más realistas, solo vemos una puerta abierta a la especulación y a una mayor dificultad para el consumidor, que ya bastante tiene con llegar a fin de mes.

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