La ilusión óptica del IPC: por qué tu bolsillo no nota que los alimentos frenan su subida
Los datos oficiales dicen que la inflación alimentaria se modera al uno coma seis por ciento, pero los productos básicos como los huevos o la fruta siguen disparados.

Los titulares económicos de estos días se han apresurado a colgarse la medalla del optimismo. Nos dicen que la inflación de los alimentos ha bajado al uno coma seis por ciento interanual en julio, registrando el menor incremento en cinco años e incluso una caída mensual del cero coma siete por ciento respecto a junio. Sobre el papel la noticia es fantástica. El problema es que la estadística macroeconómica y la vida real de la gente que va con el carro por el pasillo del súper rara vez se cruzan en el mismo camino.
¿De verdad podemos celebrar que la cesta de la compra nos da un respiro? La realidad detrás de ese porcentaje tan bajo es que venimos de una subida acumulada salvaje durante los últimos años. Que los precios suban más despacio no significa que las cosas estén baratas, sino que se encarecen a un ritmo más lento sobre un suelo que ya era altísimo. Cualquier consumidor que compare las etiquetas de su tienda habitual con las de hace doce meses, algo que se puede comprobar de forma sencilla en un comparador de precios como Comparaloo, sabe perfectamente que la tregua es una ilusión óptica. El bolsillo sigue sufriendo exactamente igual.
Si bajamos al detalle de los alimentos concretos, la supuesta moderación se desmonta rápido. Las bayas frescas se han encarecido un diecisiete coma dos por ciento en el último año. Los cítricos han subido un quince coma cinco por ciento y un producto tan básico y poco prescindible como los huevos cuesta un trece coma cuatro por ciento más que el verano pasado. El pescado fresco tampoco se queda atrás, con un incremento del siete coma siete por ciento. Al final, que la media de la inflación baje porque algunas frutas de temporada hayan tenido un descenso puntual en julio no arregla el coste de los básicos diarios.
Además, el comportamiento del consumidor en verano suele ser poco racional debido al calor y las vacaciones. Hemos comprado un once coma siete por ciento más de helados a pesar de que su precio ha subido un cuatro coma uno por ciento. Preferimos pagar el peaje del capricho antes que privarnos de pasar el sofoco veraniego. Es esa metamorfosis estival la que nos hace visitar más veces la tienda y gastar más por impulso, ignorando que la base de la pirámide alimentaria sigue por las nubes.
A esto hay que sumar la presión en el origen. Los agricultores y ganaderos llevan tiempo advirtiendo de que sus costes no dan tregua, con subidas acumuladas desde el año dos mil veinte que asustan, como el caso de los tubérculos como la patata, que se ha disparado un ciento cuarenta y tres por ciento en el campo. Con estos números sobre la mesa, la supuesta pacificación de los precios en el supermercado parece más un maquillaje temporal de la estadística que un alivio real para el consumidor final, que seguirá pagando la fiesta.