La factura de la guerra tecnológica se paga en el pasillo del súper
Las amenazas de Donald Trump de imponer nuevos aranceles a la Unión Europea por las sanciones a las grandes tecnológicas podrían terminar encareciendo los alimentos de consumo diario.

La geopolítica parece algo muy lejano cuando estás decidiendo si comprar el bote de tomate frito de marca blanca o el de marca de fabricante. Sin embargo, las pataletas de los despachos de Washington terminan teniendo un impacto directo en el precio de los garbanzos, el vino o los quesos que metemos en la cesta. La última amenaza de Donald Trump contra la Unión Europea por las multas impuestas a gigantes como Alphabet, Apple, Amazon o Meta promete cobrarse sus víctimas no en Silicon Valley, sino en los lineales de nuestros comercios de confianza. La advertencia de que los europeos lo pagaremos caro no es una metáfora.
El mecanismo es casi siempre el mismo en estas disputas comerciales. Bruselas multa a una tecnológica estadounidense por monopolio o por no pagar los impuestos que le corresponden en suelo europeo, y la respuesta de la Casa Blanca no es sancionar a las empresas de aquí con medidas similares. Prefieren apuntar a sectores que de verdad duelen y que tienen un gran peso político, como el agroalimentario. Un arancel al queso, al vino o al calzado es la forma clásica de presionar a los gobiernos de la Unión. Para el consumidor medio, esto desencadena un juego de carambolas bastante curioso en los precios de venta al público.
Por un lado, si las exportaciones españolas a Estados Unidos se encarecen de golpe por culpa de estos aranceles, muchos productores se ven obligados a desviar ese excedente de comida al mercado nacional. Esto, que sobre el papel podría parecer una buena noticia porque a mayor oferta deberían bajar los precios de ciertos alimentos en nuestros comercios, rara vez se traduce en un chollo real para el bolsillo de a pie. La distribución tiene sus propios ritmos y márgenes, y las grandes cadenas no suelen trasladar estas bajadas de forma inmediata. Al final, esto se puede comprobar en un comparador de precios como Comparaloo, donde las variaciones de los productos de origen nacional apenas se alteran por las crisis de exportación, mientras que cualquier amago de huelga de transporte o encarecimiento de la energía se repercute al día siguiente.
La otra cara de la moneda es el coste de las propias importaciones si la escalada arancelaria se vuelve global. Cuando los productos de consumo que vienen de fuera se encarecen, la inflación vuelve a asomar la cabeza justo cuando parecía que dábamos un respiro a nuestras cuentas corrientes. No es solo que suba el último modelo de teléfono móvil. Sube el plástico de los envases, sube la maquinaria agrícola importada y suben los piensos para el ganado. Todo está conectado en una cadena de suministro tan delicada que un arancel en la otra punta del océano acaba costándote veinte céntimos más en la bandeja de filetes de lomo. ¿De verdad tiene sentido que la regulación de Google acabe encareciendo la cena de una familia en Cuenca? Es la paradoja de la globalización, donde las bofetadas entre gigantes tecnológicos las acaban encajando los hombros de los consumidores que solo intentan llegar a fin de mes.
Al final, las amenazas de Trump demuestran que el carro de la compra es el verdadero termómetro de la política internacional. Mientras los gobiernos sigan utilizando la alimentación como moneda de cambio y escudo de protección, los ciudadanos seguiremos pagando el pato de unas disputas en las que ni pinchamos ni cortamos. Solo nos queda cruzar los dedos para que la próxima batalla arancelaria no coincida con la campaña de recogida de la aceituna o de la uva, porque entonces la subida en el súper está garantizada.