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Supermercado22 de julio de 20263 min de lectura

El secreto a voces de las marcas blancas y el ahorro real en la cesta de la compra

Los productos de marca de distribuidor ya suponen el sesenta y uno por ciento de nuestro gasto en alimentación. Analizamos quiénes están detrás de estos productos que compramos para abaratar el tique semanal.

El secreto a voces de las marcas blancas y el ahorro real en la cesta de la compra

La marca blanca ha dejado de ser ese pariente pobre del supermercado al que mirábamos de reojo cuando el presupuesto no daba para más. Ahora es el rey indiscutible del carrito de la compra. Los últimos datos del sector reflejan que estos productos ya representan el sesenta y uno por ciento del gasto en alimentación en España. Es una cifra tremenda que demuestra que el consumidor ha perdido el miedo, y sobre todo el prejuicio, a la hora de llenar la despensa. Ya no nos importa que el envase sea soso o que no tenga un anuncio pegadizo en la televisión si el contenido cumple su función. El gran secreto de este éxito no está en fórmulas mágicas de laboratorio de bajo coste, sino en algo mucho más sencillo: a menudo, el producto que compramos con el logotipo del supermercado sale de las mismas fábricas que las marcas más caras.

Detrás de esa pizza congelada de distribuidor o de esa lata de atún que cuesta la mitad que la de marca líder hay gigantes de la industria alimentaria nacional que todos conocemos. Casa Tarradellas, Jealsa o Incarlopsa son solo algunos de los nombres que sostienen las estanterías de cadenas tan potentes como Mercadona, Carrefour y Lidl. Estas empresas utilizan sus enormes líneas de producción para abastecer tanto su catálogo propio como el de los supermercados. Para el consumidor, esto se traduce en una oportunidad de oro para ahorrar sin sacrificar calidad, algo que cualquiera puede comprobar fácilmente si utiliza un comparador de precios como Comparaloo para ver la diferencia de coste real entre un producto de fabricante y su equivalente de marca blanca. La diferencia en el bolsillo a fin de mes puede ser muy notable, mientras que el sabor en el plato apenas varía.

Este modelo de negocio beneficia a ambas partes, aunque a veces las grandes multinacionales lo lleven con cierta discreción para evitar que sus propios productos estrella pierdan ventas. Para el fabricante, producir para terceros es una forma excelente de garantizar un volumen de trabajo constante y exprimir al máximo la capacidad de sus instalaciones. Saben que el supermercado les asegura una rotación de mercancía masiva que ellos solos, con sus precios de venta recomendados tradicionales, difícilmente conseguirían en el contexto de inflación que arrastramos. El cliente, por su parte, se aprovecha de una especie de democratización del producto de calidad. Sabes que la procedencia es segura y que los controles de sanidad son igual de estrictos.

Por supuesto, esta tendencia también genera distorsiones en el mercado. Al depender tanto de la marca propia del súper, la capacidad de elección real del consumidor en el pasillo se reduce. Algunos supermercados han ido eliminando segundas y tres marcas de sus lineales para dejar casi en exclusiva su enseña y la del fabricante líder, obligándonos a elegir entre lo muy caro o lo muy barato. Al final, el supuesto beneficio que celebramos hoy puede acabar limitando la variedad del mañana, dejándonos en manos de un puñado de cadenas que deciden qué comemos y a qué precio.

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