El precio de la globalización en tu carrito de la compra
Los nuevos aranceles de Estados Unidos amenazan con desatar un efecto dominó que acabará encareciendo los productos importados del supermercado.

Donald Trump ha levantado su tercer muro arancelario, imponiendo tasas de entre el 10% y el 12,5% a más de sesenta países. A primera vista, esto parece una partida de ajedrez geopolítico que solo preocupa a ministros de comercio y directivos de grandes corporaciones. Sin embargo, la realidad del comercio global es bastante más directa y siempre, de una forma u otra, acaba goteando hasta el lineal de tu supermercado habitual.
El mecanismo de transmisión es casi invisible pero implacable. Cuando un coloso como Estados Unidos encarece las importaciones, las cadenas de suministro de todo el planeta se resienten. Los productores que de repente encuentran trabas para colocar sus mercancías en el mercado estadounidense tienen que buscar otros destinos para sus excedentes, lo que a veces satura mercados y desestabiliza precios. Otras veces, el encarecimiento de materias primas básicas genera un efecto contagio. Un vistazo rápido a un comparador de precios como Comparaloo sirve para comprobar que incluso los productos que consideramos más cercanos dependen de abonos importados, envases fabricados a miles de kilómetros o energía cotizada en mercados globales. Cualquier fricción internacional es la excusa perfecta para aplicar el clásico redondeo al alza.
Pensar que un arancel en Washington solo afecta a los estadounidenses es pecar de ingenuos. El mercado es líquido. Si las empresas de aquí ven recortados sus márgenes de exportación al otro lado del charco, buscarán compensar las pérdidas donde puedan. ¿Y dónde va a ser? En el consumidor local, por supuesto. Es una película que ya hemos visto demasiadas veces. El precio final de una lata de conserva o de un paquete de pasta no se decide en la oficina del director de la tienda de tu barrio, sino en este tipo de despachos internacionales.
Lo peor de estos movimientos es la inestabilidad que generan en la distribución. Los supermercados odian la incertidumbre para planificar, pero la adoran como argumento para justificar subidas preventivas. Si la logística global se complica, el coste lo asume el de siempre, el que empuja el carro de la compra por el pasillo.