El plato principal se queda cojo: por qué el pescado y la carne se están convirtiendo en bienes de lujo
Dejar de comprar producto fresco para llegar a fin de mes ya no es una estrategia de ahorro extremo, sino una realidad cotidiana para la mitad de los hogares españoles.

Comer bien siempre ha sido una seña de identidad en España, pero los números empiezan a decir otra cosa. No es que nos hayamos vuelto vegetarianos de golpe por convicción. Es que la cartera manda y el bolsillo no da para más. Un reciente estudio sobre conductas sostenibles de Triodos Bank revela un dato preocupante pero poco sorprendente para cualquiera que arrastre el carro de la compra cada semana. Un 55,2% de los españoles ha tenido que recortar su consumo de pescado por culpa de la subida de precios. Con la carne pasa algo muy parecido, ya que un 50,2% de la población admite haber reducido su compra.
El mostrador de la pescadería se está convirtiendo en una especie de museo donde la gente mira pero apenas toca. El pescado fresco ha pasado a ser un artículo casi de lujo, relegado a ocasiones especiales o sustituido por su versión congelada, que tampoco es que regale los precios últimamente. Con la carne, el recorte empieza por el vacuno, que se mira de reojo mientras el pollo y el cerdo, tradicionalmente más baratos, salvan los muebles de las cenas de diario.
Hacer malabarismos con el menú semanal se ha convertido en la norma. Los consumidores ya no van al supermercado a ver qué les apetece, sino a buscar la oferta del día o a rascar unos céntimos cambiando de marca. De hecho, esto se puede comprobar en un comparador de precios como Comparaloo, donde las diferencias entre cadenas para un mismo producto básico a veces justifican el paseo de ir a un establecimiento diferente. El problema es que el margen de maniobra se agota cuando lo que sube de forma generalizada es el coste de la proteína básica.
La dieta mediterránea de la que tanto presumimos se está quedando un poco coja si el aporte de alimentos frescos se reduce a la mitad en tantos hogares. La alternativa evidente está siendo el refugio en los procesados, las legumbres y la pasta, alimentos que llenan el estómago por mucho menos dinero pero que cambian por completo el perfil nutricional de las familias. Nos insisten en que hay que comer sano, pero la realidad del ticket de la compra empuja en la dirección contraria.
Habrá quien piense que esto es una racha temporal y que las aguas volverán a su cauce cuando la inflación se relaje. Sin embargo, los hábitos de consumo que se pierden por necesidad no siempre se recuperan cuando la tormenta amaina. La mesa de diario se está empobreciendo a marchas forzadas y de momento no se ve en el horizonte ninguna medida que vaya a devolver el pescado fresco al menú de los martes de la familia media.