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Supermercado19 de agosto de 20262 min de lectura

El mordisco fiscal a la cesta de la compra: por qué cada vez nos cuesta más llenar la nevera

El retraso del Día de la Liberación Fiscal hasta el 20 de agosto demuestra que las familias tienen menos margen que nunca para afrontar el encarecimiento de los alimentos.

El mordisco fiscal a la cesta de la compra: por qué cada vez nos cuesta más llenar la nevera

El contribuyente medio trabaja este año hasta el 20 de agosto solo para pagar impuestos. Es el dato que marca el llamado Día de la Liberación Fiscal, una fecha que se ha retrasado 53 días en los últimos años. Son 231 días dedicados a cumplir con Hacienda. Esto no es solo una cifra macroeconómica de esas que se discuten en las tertulias de televisión. Tiene un impacto directo y bastante doloroso en las decisiones cotidianas, sobre todo a la hora de cruzar las puertas del supermercado.

Al final, la economía de cualquier hogar es un juego de vasos comunicantes. Si el Estado se queda con una porción mayor de nuestros ingresos mensuales, el trozo del pastel que queda para el consumo privado disminuye. Con una inflación de los alimentos que sigue acumulando subidas alarmantes respecto a hace tres años, la combinación es letal. Ya no se trata solo de que el aceite o la carne de ternera estén caros, sino de que el dinero real que nos queda disponible en la cuenta corriente para comprarlos es mucho menor.

Aquí es donde entra la ingeniería doméstica. Cuando la presión fiscal aprieta y los precios en los estantes no dan tregua, al consumidor no le queda más remedio que convertirse en un estratega de los pasillos. Se nota perfectamente en el auge imparable de las marcas blancas, que han dejado de ser una opción de emergencia para convertirse en la norma en casi todos los hogares españoles. El consumidor ya no compra lo que quiere, sino lo que puede, y planifica cada céntimo antes de pasar por caja. Esto se puede comprobar en un comparador de precios como Comparaloo, donde la búsqueda de ofertas ya no es un hábito exclusivo de ahorradores extremos, sino una necesidad de supervivencia financiera para las clases medias. ¿Cuánto margen de maniobra nos queda antes de tener que renunciar a alimentos básicos?

El problema es que este margen de las familias tiene un límite físico. Puedes sustituir la carne por el pollo, puedes pasarte a las verduras congeladas o comprar solo la fruta que está de oferta de la semana. Pero llega un momento en que ya no hay de dónde recortar. Comer no es un gasto opcional del que puedas prescindir cuando el presupuesto del mes no cuadra.

Mientras tanto, la recaudación récord de las administraciones públicas no parece traducirse en un alivio tangible para el bolsillo de la calle. Pagamos más que antes por trabajar, pero la cesta de la compra sigue viniendo medio vacía por el mismo dinero. El debate sobre los impuestos suele olvidar que la salud financiera de un país se mide en el pasillo de los frescos, y ahora mismo esa salud está bajo mínimos.

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