El millonario negocio de las bolsas de plástico que compramos para tirar a la basura
Saplex, el fabricante de las bolsas de basura que compramos en Mercadona, invertirá once millones de euros en su planta catalana. Detrás de este producto tan básico se esconde una de las industrias más rentables del supermercado.

La próxima vez que metas una bolsa de basura en el cubo de la cocina, párate un segundo a pensar en lo que tienes entre manos. Es un trozo de plástico diseñado exclusivamente para ser destruido o enterrado, un producto que compramos con el único objetivo de deshacernos de él lo antes posible. Detrás de ese gesto cotidiano e invisible se esconde un negocio gigantesco que mueve decenas de millones de euros al año. El ejemplo más claro lo tenemos en Saplex, la empresa catalana que fabrica las bolsas de basura que llenan los lineales de Mercadona bajo su marca propia, que acaba de anunciar una inversión de once millones de euros para ampliar su fábrica de Canovelles.
La compañía de la familia Folch ha cerrado su último ejercicio con una facturación de noventa y un millones y medio de euros, lo que supone un crecimiento del cuatro por ciento respecto al año anterior. Son cifras que marean para un producto tan humilde. La clave de este éxito no es ningún secreto, sino su alianza histórica con la mayor cadena de supermercados del país. Ser el proveedor de referencia de una firma con semejante cuota de mercado te asegura un volumen de producción tan descomunal que te permite ajustar los márgenes al céntimo y seguir ganando mucho dinero.
¿Quién se para a pensar en la marca de la bolsa donde tira las peladuras de patata? Nadie. El consumidor busca simplemente que no se rompa por el camino de bajada al contenedor y que cueste lo menos posible. Si echamos un ojo a lo que cuesta llenar el carro de la compra en un comparador de precios como Comparaloo, nos daremos cuenta de que la sección de droguería e higiene es la que suele dar los mayores sustos silenciosos a final de mes. A menudo vigilamos el precio del litro de aceite o del kilo de pollo, pero pasamos por alto esos consumibles que añadimos de carrerilla en cada visita al súper. Las marcas de distribuidor han sabido explotar esta apatía del comprador de una manera brillante.
La inversión de once millones de euros de Saplex en su planta de Barcelona no es una decisión alegre. Responde a la necesidad de ganar todavía más eficiencia en un mercado donde la competencia es feroz y las materias primas, especialmente el plástico reciclado, fluctúan constantemente de precio. El negocio de las bolsas de basura se ha sofisticado mucho en los últimos años, con cordones de autocierre que no se rompen, materiales multicapa para evitar goteos molestos y aromas que disimulan los malos olores. Todo eso requiere tecnología de extrusión muy avanzada y una automatización casi total para que el coste unitario de cada bolsa siga siendo de unos pocos céntimos para el bolsillo del ciudadano.
Resulta curioso que, mientras los discursos públicos nos empujan constantemente a reducir el uso de plásticos de un solo uso, el negocio de fabricar bolsas de plástico para tirar residuos siga gozando de una salud tan envidiable. Al final, comer en casa genera desperdicios y esos desperdicios tienen que acabar en alguna parte. El crecimiento de Saplex demuestra que, pase lo que pase con la inflación y la economía familiar, hay ciertos gastos domésticos de los que es sencillamente imposible escapar.