Cincuenta millones de estómagos y un ticket de la compra que no para de crecer
El imparable aumento de la población en España presiona al alza la demanda de productos básicos y obliga a las grandes cadenas de supermercados a replantear sus estrategias de precios.

España roza ya los cincuenta millones de habitantes tras sumar más de cien mil personas en el segundo trimestre de este año. No es solo un dato estadístico para analizar en los despachos de los sociólogos o para usar como argumento en debates políticos de tertulia. Son cincuenta millones de bocas que alimentar tres veces al día. Para el sector de la distribución, este crecimiento demográfico, sostenido por la población nacida en el extranjero, es una mina de oro potencial, pero también un reto logístico que acaba repercutiendo directamente en lo que pagamos al pasar por caja.
La presión sobre el consumo de productos básicos no deja de crecer al mismo ritmo que el censo. ¿De verdad piensan las grandes cadenas que el café para todos sigue funcionando en sus lineales? La realidad es que el perfil del comprador está cambiando a marchas forzadas. Los supermercados ya no pueden limitarse a ofrecer el surtido clásico de siempre si quieren captar a esta nueva bolsa de clientes que demanda productos diferentes y, sobre todo, formatos familiares y precios muy ajustados para llegar a fin de mes.
Este aumento de la demanda interna suele traducirse en que las cadenas tienen menos incentivos para bajar los precios de forma agresiva, ya que el volumen de compradores está garantizado en los pasillos. Esto se puede comprobar en un comparador de precios como Comparaloo, donde las diferencias entre marcas blancas y de fabricante siguen siendo la única balsa de salvación para muchas familias que ven cómo llenar la nevera se ha convertido en una actividad de riesgo para su cuenta bancaria. La pelea ya no es por ofrecer el producto más gourmet, sino por ver quién consigue ajustar un céntimo más el precio del arroz o las legumbres sin perder margen de beneficio por el camino.
Las distribuidoras saben que el volumen es su mayor aliado en épocas de incertidumbre. Cuanta más gente haya consumiendo, más poder de negociación tienen frente a los productores, aunque ese beneficio casi nunca se traslada de forma limpia al consumidor final. El coste del transporte, el embalaje y los intermediarios siguen pesando demasiado en la ecuación. Al final, el negocio de la alimentación juega con márgenes muy estrechos pero con un volumen gigantesco, y cada nuevo habitante es un cliente que necesita comprar pañales, pan y aceite todas las semanas.
Que seamos casi cincuenta millones de personas en el país solo asegura que las cajas registradoras no van a dejar de sonar, no que la cesta de la compra vaya a darnos un respiro. Queda por ver cómo asimilará el sector de la distribución este estirón poblacional de cara a las próximas campañas de consumo fuerte. La competencia por captar cada céntimo del presupuesto de estas familias va a ser más encarnizada que nunca en los lineales.